
Aunque la historia del planeta Tierra conoció períodos de catástrofes climáticas y de grandes transformaciones, enfrentamos hoy una situación inédita y dramática. A través del desarrollo tecnológico, el ser humano ha logrado distorsionar casi todos los ecosistemas de la Tierra. Ya no existen lugares adonde no haya llegado la presencia humana y es previsible que en los próximos siglos la mayoría de sus sistemas climáticos, físicos y biológicos sufrirá una modificación profunda. Cabe prever que la expansión de lo humano se extenderá también a otros planetas y que su dinamismo transformador invadirá otros ambientes del minúsculo rincón del universo en el que se desarrolla su existencia.
¿Podemos releer la Biblia buscando criterios de orientación para esta alarmante situación?
Un mundo salido bueno Hoy tenemos mayor claridad que antes respecto de los primeros capítulos del Génesis: no se trata de un libro de ciencias que nos explica cómo se originó el universo, sino de una introducción a la gran historia de salvación que Dios está llevando a cabo con la humanidad. La experiencia de Abraham y del resto de Israel es prologada por la creación del universo, como si se tratase de un primer paso en la historia del amor salvador de Dios con el hombre. El relato de Génesis 1,1?2,4ª presenta la creación como una actividad desarrollada en seis días, que culmina con un séptimo día dedicado al reposo del Creador. Adopta así un esquema litúrgico que incluye el descanso del último día. La progresiva aparición de los seres creados respeta un cierto orden ontológico: luz, agua y aire, tierra seca y vegetación, luces, peces y pájaros, criaturas terrestres y seres humanos. El hombre es presentado como la culminación de la producción de los seres naturales, irrumpiendo cuando las criaturas inferiores han preparado el escenario. El segundo relato (Génesis 2,4b?25) describe de un modo más antropomórfico y pintoresco el acontecimiento de la creación, ordenando los actos creadores con un criterio distinto. Su interés es ubicar al ser humano en el lugar central del plan de Dios. Modelado “artesanalmente” de la tierra, el hombre es puesto en un jardín destinado especialmente para él. Los árboles y los animales son creados después, y al ser humano se le confía la tarea de cuidar este territorio y de dar un nombre a los seres vivientes.Los relatos posteriores introducen la problemática del pecado y sus consecuencias sociales y cósmicas (Génesis 3,1 ss). Las referencias a la enemistad entre la serpiente y la mujer (3, 14?16) y a la resistencia del suelo al trabajo del varón (3,17?19) explican la nueva condición de la relación entre el ser humano y el resto de las creaturas. El relato del diluvio culmina con la alianza cósmica, celebrada entre Dios y los seres vivientes y sellada con el signo del arco iris (9,8?17). Aquí está presente la interpretación teológica de las perturbaciones que el ser humano ha introducido en el mundo natural. Obviamente, no existe la pretensión de dar una explicación de la conflictividad natural (fenómenos meteorológicos, supervivencia de los individuos y especies más fuertes o aptas, etcétera.). Lo que sí se deja ver es cierta relación muy profunda entre el ser humano y el resto del mundo natural.
¿Explotador o administrador? Según Génesis 1,26-30, Dios creó al hombre a su “imagen y semejanza” y le entregó su obra creadora con el poder de dominarla y de poblarla. Esta visión bíblica, que atribuye a la humanidad una función de dominio del mundo ligada a su puesto como imagen del mismo Dios en la creación, se mantuvo durante siglos en Occidente. Hace algunos años comenzó a señalarse que era inspiradora del abuso humano en el manejo de la naturaleza. Se atribuyó a la idea bíblica el haber sostenido una ideología del hombre como “señor”, que fue leída como “explotador” y cuyo resultado ha sido la alteración del planeta.Sin embargo, los textos apuntan a una misión “administradora” de la naturaleza confiada al ser humano por su creador. Un mundo hecho “bueno” en el designio divino debe ser perfeccionado, completado, no destruido. Si históricamente los textos del Génesis inspiraron visiones tecnocráticas, economicistas, o simplemente irresponsables respecto del trato con el planeta, no es culpa de los textos sino de la contaminación ideológica sufrida por la visión bíblica, especialmente en la edad moderna. El “super-hombre”, la razón omnipotente del iluminismo, el darwinismo social de los totalitarismos o el económico de los ultraliberalismos, no corresponden al pensamiento bíblico. Si el Génesis localiza al hombre en un puesto privilegiado de la creación es en vistas a una historia de salvación. Estos relatos también nos muestran una humanidad caída y necesitada de restauración.
Nuevo Testamento:perspectivas ecológicas El Nuevo Testamento aporta una reformulación de la tarea del ser humano sobre el cosmos a partir de las misiones del Hijo y del Espíritu Santo. Según el prólogo de Juan (1,1ss), la palabra por la cual Dios creó el universo tiene entidad personal y divina: “Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra, y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe” (1,3). Es esta misma Palabra la que “se hizo carne y habitó entre nosotros” (1,14). Asimismo, Pablo destaca que el universo ha sido hecho de nuevo. Hay una “nueva creación”. Los efectos de la resurrección de Cristo determinan una renovada configuración del cosmos y del hombre (2 Corintios 5,17). La nueva creación, sin embargo, no consiste en una mera restauración de la ecología. La creación ?subraya Pablo en Romanos 8,18?25? fue afectada por el pecado, que la introdujo en una situación de esclavitud (20?21) y de sufrimiento comparable con los dolores de un parto (22). Sin embargo, ella conserva la esperanza de participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios (20?21). Esta esperanza se fundamenta en la presencia del Espíritu Santo en los creyentes, quienes también anhelan que se produzca la redención de sus propios cuerpos (22). En última instancia, la recreación del universo corporal supone nuevamente la mediación del hombre, vicario de Dios para el resto de su obra.Esta mediación se da, sin embargo, a través de la humanización del Logos creador, quien asumiendo la condición humana y cósmica, rediseña y produce nuevamente la creación mediante su pascua, y extiende esta nueva reconfiguración cósmica a través del Espíritu Santo. Éste los hace “nuevas creaturas” y les permite retomar su tarea no ya determinado por las fuerzas tiránicas del pecado, sino animado por el fruto del Espíritu que lo ha hecho “hombre nuevo” (Efesios 4,24; Colosenses 3,10), una “nueva creatura” (Gálatas 6,15) para trabajar por la nueva creación
Dimensión ecológica La recuperación de la idea bíblica sobre la misión del ser humano de cuidar el mundo puede aportar una base teológica a las visiones ecológicas originadas en sensibilidades científicas o sociológicas. El hombre -mujer y varón- sigue siendo “administrador” de la creación. Su posibilidad de ser renovado por la acción de Cristo y de su Espíritu lo capacita para llevar adelante esa misión como mediador de un cosmos que anhela ser transformado por el misterio pascual. El intermediario de la pascua es el cristiano, las iglesias en su conjunto, y extensivamente la humanidad toda. De allí que la espiritualidad ecológica deba ser nutrida no solamente en la fe en la creación, sino también en la fe pascual. Además, existe un “pecado ecológico”:, el ser humano puede desaparecer por propia iniciativa, en la medida en que no ponga fin a su impulso destructor sobre la naturaleza. La misión de la evangelización debe incluir este pecado como parte de su denuncia profética. La Palabra de Dios ofrece, por consiguiente, una dimensión ecológica. Su concepción esperanzadora y restauradora sobre el cosmos y sobre el hombre debe ser destacada como fundamento de una benevolencia divina sobre el ecosistema planetario, sin el cual toda su “obra buena” se desmoronaría.
Dr. Lucio Florio (Artículo publicado en la revista “Vida Abundante” julio/Agosto 2009 Año 114 Nº 4 pp.12-13)