El múltiple impacto de Darwin
(Licenciado en Teología -UAP-, Licenciado en Biodiversidad -UNL-, Doctorando en historia y epistemología de las ciencias -UNTREF-)
Gracias a la generosidad de la fundación DECyR (www.decyr.net), tuve la extraordinaria oportunidad de participar de la serie de conferencias internacionales “La evolución biológica: hechos y teorías (una valoración crítica 150 años después de ‘El Origen de las Especies’)”, organizadas por la Pontificia Universidad Gregoriana, en Roma, entre el 3 y el 7 de marzo pasado (véase http://www.evolution-rome2009.net/), y en la cual cobraron protagonismo las disertaciones de, entre otros, Douglas Futuyma, Simon Conway Morris, Jean Gayon, Stuart Kauffman, Lynn Margulis, Francisco Ayala, David Sloan Wilson, D. Depew, Ronald Numbers y Elliott Sober.
Aunque el abanico de tópicos -vertebrados siempre en la teoría de la evolución- es amplio, muchas de las charlas se concentraron en la relación entre la ciencia y la religión (en particular, el cristianismo).
Algunos de los temas discutidos fueron: el ámbito de aplicación de la selección natural a otras esferas que aquellas para las cuales fue concebida, la neutralidad (o más bien no-neutralidad) religiosa de la teoría de la evolución, las interpretaciones teilhardianas de la evolución, la compatibilidad entre la intervención divina y el naturalismo metodológico, la historia del creacionismo, la estrecha relación entre la teología natural y los esfuerzos del movimiento del diseño inteligente, la respuesta de la iglesia católica durante el siglo XIX al darwinismo, y el debate entre la predecibilidad y la contingencia en el proceso evolutivo.
La perspectiva fue aproximadamente (y con algunos matices, según el expositor) la siguiente: dado que la comunidad científica reconoce a la macroevolución como un hecho histórico, y es con esa ciencia con la cual la religión ha de dialogar, la teología ha de partir entonces admitiendo aquello que la aludida comunidad admite, y lo hará -al menos en principio-, sin problematizar esta cuestión.
De esto se infiere que la evolución (en tanto que cuestión histórica, y no sólo su esfera no histórica, como aquella en la que se aplica la genética de poblaciones, por ejemplo, que es una arista mucho menos controversial) es un hecho que los teólogos deben enfrentar. La conferencia de D. Futuyma fue especialmente iluminadora, al ofrecer evidencias a favor de esto -aunque siempre es bueno recordar que no se puede concluir que una teoría es definitivamente verdadera basados en la evidencia en su favor (por abrumadora que fuera ésta). En verdad, en las ciencias empíricas se utilizan argumentaciones abductivas (inferencias a la mejor explicación disponible). Es lo segundo, y no lo primero, lo que concuerda con un conocimiento provisional (como se suele predicar del conocimiento científico) compatible con un discurso alejado del dogmatismo.
Pero, ¿cuál sería la alternativa a esta adopción? Bueno, por ejemplo, si es una teología creacionista -entendiendo por esto a aquella que sostiene una lectura más o menos literal de los primeros 11 capítulos del Génesis- la que pretende conversar con las ciencias naturales, el diálogo se verá truncado debido a que no se parte de un enfoque común respecto de la naturaleza. La razón es que en este caso, es la convicción religiosa la que sugerirá una heurística a la investigación empírica que programáticamente se someterá a la exégesis de turno. Esta última es justamente la actitud que (implícita o explícitamente) fue rechazada de manera unánime por todos los expositores del encuentro.
Ahora bien, en la historia del cristianismo, muchos pensadores procuraron identificar a la evolución con la forma escogida por Dios para crear. Darwin va un paso más al forzarnos a extirpar a Dios de toda “causa secundaria” -al menos en lo relativo a la creación. Por esta razón, muchos devotos creyentes notaron que si habrían de aceptar a la evolución, al mismo tiempo sería necesario restringir la acción candidata de Darwin para producir el diseño. La finalidad de esto era no quitar al menos algún tímido protagonismo directo al Creador, intentando volver inerme a la evolución para con el credo individual al reconocer implícitamente que si la selección natural basta para producir adaptaciones, entonces no hay necesidad, por la parsimoniosa navaja de Occam, de un compañero de equipo divino para ella. En este esquema, la selección natural tiene un poder creador, pero resulta insuficiente para explicarlo todo.
De hecho, para fines de la década de 1870 la enorme mayoría de los científicos decimonónicos habían aceptado a la evolución como un hecho, pero al mismo tiempo (y por varias décadas), hubo escepticismo (por cuestiones religiosas, pero también por otras razones) respecto de la selección natural. El tono de la conferencia procuró (y aquí no unánimemente, pero sí mayormente) ir un paso adicional: muchos de los reconocidos expositores no sólo pretendían conciliar al cristianismo con la evolución, sino con la versión darwiniana de ésta, que -como insinuamos- sigue (en consonancia con todos los aportes científicos modernos) una metodología naturalista según la cual se actúa “en el laboratorio” como si el mundo natural fuera causalmente “cerrado”, esto es: desprovisto de influencias externas, como podría constituir la ingerencia de una deidad creadora y/o la intervención de una entidad sobrenatural solícita (la conferencia de E. Sober procuró ir -de manera muy original- contra esta cuestión al presentar la posibilidad de que Dios sí pueda actuar como “variable oculta” en la producción de las mutaciones -note el lector cómo desde la perspectiva naturalista, la actividad divina siempre debe aparecer -y esto en el mejor de los casos- “escondida”, entrando en acción “cuando nadie está mirando”).
Programáticamente, esta es la propuesta defendida por la comunidad científica (excluyente y manifiestamente crítica tanto del aludido creacionismo en sus formas más conservadoras como del movimiento del diseño inteligente -en casi todas sus afirmaciones). Nuevamente, la virtud más sobresaliente de la adopción de este enfoque reside en que éste parece ser un camino que (aparentemente) la comunidad científica (ampliamente) mayoritaria está dispuesta a tolerar, o incluso a acompañar en su tránsito al lado del teólogo. Si efectivamente tiene esperanzas de éxito es, naturalmente, harina de otro costal, y el tiempo lo dirá.
Intuitivamente, los problemas teológicos no tardan en aparecer. Para mencionar algunos:
1. El efectivo protagonismo de Dios en la creación.
2. El origen del pecado y la caída en Edén.
3. El origen de la muerte física. Recordemos que en el registro bíblico -y esto excede al Génesis- la muerte es un intruso del que se nos promete liberación. Además, ésta es consecuencia de (y por lo tanto aparece lógica y cronológicamente con posterioridad a) el pecado (el así llamado carácter postlapsario de la muerte).
4. La adecuación de la apelación a la intervención divina (milagrosa -a la Hume- o providencial) en la cotidianeidad, pero también en nuestra historia
5. La naturaleza del plan de salvación, que se refiere a un re-ligar del hombre con Dios (lazo que según la Biblia el hombre corporativamente rompe en Edén).
6. El tema del mal -”las garras y colmillos ensangrentados”- en la naturaleza (una cuestión espinosa incluso en tiempos predarwinianos), en tanto que la selección natural resulta (según nuestros términos) una forma bastante retorcida de crear algo (en especial si se nos dice que el creador es una entidad bondadosa y todopoderosa).
Este tipo de conflictos (o de aparentes conflictos) parecen inevitables toda vez que se procura entablar un diálogo entre la ciencia (entendida derivativamente como aquello que los científicos entienden como ciencia) y la religión en aquellos sitios donde sus respectivos intereses se solapan (la perspectiva gouldiana -NOMA- fue criticada toda vez que fuera mencionada).
Como casi huelga decir, la magnitud de la tarea de reconstrucción teológica no va en desmedro de la necesidad de emprenderla. La revisión del resultado final nos dirá si de este diálogo entre la ciencia y la religión (esto es, con estas reglas), ésta no resultó diluida por una alegorización sistemática de gran parte del texto bíblico.
Finalmente, y en resumen, una calidad inmejorable de personalidades intelectuales se dieron cita en este congreso para deliberar -con estas perspectivas- respecto de una cuestión cara a los creyentes, pero también a todos los seres humanos, en tanto que individuos interesados en sus orígenes y en su destino. El resultado final consistió en 4 días de reflexión estimulante en un marco en el que la organización fue simplemente impecable, el servicio de traducción simultánea resultó inmejorable, la discusión fue casi siempre enriquecedora, y en tanto que el tiempo y el orden establecido lo permitieron, todos los que desearon hacerse oír pudieron realizar sus comentarios y preguntas a los expositores.
Estoy convencido de que este encuentro será múltiplemente citado en los próximos libros que hablen sobre este tema, y sin dudas los tópicos discutidos en el evento continuarán siendo debatidos por mucho tiempo más.










