FE Y CIENCIA
De la oposición al diálogo
Desde la perspectiva del magisterio eclesiástico, dos son los textos del Concilio Vaticano II que más han sido citados en las últimas décadas como referencia obligada de la postura de la Iglesia en lo referente a la relación entre la fe y las ciencias. El primero es el de Gaudium et Spes 59 que, a su vez, retoma al Vaticano I:
“El sagrado Sínodo, recordando lo que enseñó el Concilio Vaticano I, declara que «existen dos órdenes de conocimiento» distintos, el de la fe y el de la razón; y que la Iglesia no prohíbe que «las artes y las disciplinas humanas gocen de sus propios principios y de su propio método…, cada una en su propio campo», por lo cual, «reconociendo esta justa libertad», la Iglesia afirma la autonomía legítima de la cultura humana, y especialmente la de las ciencias.”
A Juan Pablo II le gustaba citar este pasaje para recalcar que no sólo no hay oposición,[1] sino que “existe un vínculo entre fe y ciencia […]. El Magisterio de la Iglesia lo ha dicho siempre y uno de los fundadores de la ciencia moderna, Galileo, escribió que «La Sagrada Escritura y la Naturaleza proceden ambas del Verbo divino: una, como dictada por el Espíritu Santo, y la otra, como la fiel ejecutora de las órdenes de Dios»”.[2] El segundo texto central es el de Gaudium et Spes 36, que se planteaba el problema del temor del hombre contemporáneo de que, por una vinculación excesivamente estrecha entre la actividad humana y la religión, la autonomía del hombre, de la sociedad o de la ciencia se viesen limitadas:
“Si por autonomía de la realidad se quiere decir que las cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores, que el hombre ha de descubrir, emplear y ordenar poco a poco, es absolutamente legítima esta exigencia de autonomía. No es sólo que la reclamen imperiosamente los hombres de nuestro tiempo. Es que además responde a la voluntad del Creador. Pues, por la propia naturaleza de la creación, todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad y bondad propias y de un propio orden regulado, que el hombre debe respetar con el reconocimiento de la metodología particular de cada ciencia o arte. Por ello, la investigación metódica en todos los campos del saber, si está realizada de una forma auténticamente científica y conforme a las normas morales, nunca será en realidad contraria a la fe, porque las realidades profanas y las de la fe tienen su origen en un mismo Dios. Más aún, quien con perseverancia y humildad se esfuerza por penetrar en los secretos de la realidad, está llevado, aun sin saberlo, como por la mano de Dios, quien, sosteniendo todas las cosas, da a todas ellas el ser. Son, a este respecto, de deplorar ciertas actitudes que, por no comprender bien el sentido de la legítima autonomía de la ciencia, se han dado algunas veces entre los propios cristianos; actitudes que, seguidas de agrias polémicas, indujeron a muchos a establecer una oposición entre la ciencia y la fe.”
La autonomía propia de la ciencia es definida claramente, así como su valor intrínseco. Juan Pablo II amplió esta noción en los primeros años de su pontificado al referirse al rol de la fe para el científico: “La fe no ofrece recursos a la investigación científica, sino que estimula al científico a llevar cabo su investigación sabiendo que encuentra, en la naturaleza, la presencia del creador”.[3] En última instancia, la fuente de la verdad es una sola: “no puede haber un conflicto fundamental entre una razón que, en conformidad con su propia naturaleza que viene de Dios, está orientada a la verdad y está calificada para conocer la verdad, y una fe, que refiere a la misma fuente divina de toda verdad”.[4] Por ello, “la fe confirma, de hecho, los derechos específicos de la razón natural. Los presupone. De hecho, su aceptación presupone aquella libertad que es característica sólo de un ser racional”.[5]
La fundamentación de la autonomía está dada por el hecho de que la fe y la ciencia pertenecen a diferentes órdenes del saber, que no pueden ser transferidos de uno al otro. Por otra parte, el Papa ve que la razón no puede hacer todo por sí sola, ya que es finita. Por ello, debe proceder a través de una multiplicidad de ramas separadas del saber; está compuesta de una pluralidad de ciencias individuales. Puede captar la unidad que liga al mundo y a la verdad con su origen sólo dentro de modos de saber parciales. Esta finitud vale también para la filosofía y la teología que son, en cuanto ciencias, “intentos limitados que pueden representar la unidad compleja de la verdad sólo en la diversidad, esto es, dentro de un sistema abierto de elementos de saber complementarios”.[6]
En suma, la Iglesia afirma claramente la distinción de órdenes del saber entre la fe y la razón, reconoce la autonomía e independencia de la ciencia, y asume una posición a favor de la libertad de investigación. En esta línea, Juan Pablo II no dudaba en afirmar: “No tememos, de hecho negamos, que una ciencia que está basada en motivos racionales y que procede con seriedad metodológica, puede llegar a un saber que esté en conflicto con la verdad de la fe. Esto puede ocurrir solamente cuando la distinción de los órdenes del saber es desdeñada o negada. Esta visión, que debería ser ratificada por los científicos, podría ayudar a superar el peso histórico de la relación entre la Iglesia y la ciencia y facilitar un diálogo en un pie de igualdad, como ya ocurre a menudo en la práctica. No es sólo una cuestión de superar el pasado, sino de problemas nuevos, que derivan hoy del rol de las ciencias en la cultura universal”.[7]
A través de las enseñanzas de Juan Pablo II, la Iglesia no sólo niega que exista un conflicto, sino que invita a no “subestimar la cercanía cada vez mayor entre la experiencia científica y la concepción religiosa de la realidad”.[8] Esta cercanía tiene consecuencias prácticas, de las que se debería beneficiar la sociedad en su conjunto: “En efecto, es muy necesario que la fe y la ciencia, despejado el camino de los equívocos y los malentendidos que, desgraciadamente, se han sucedido a lo largo de los siglos, se abran a una comprensión recíproca cada vez más profunda, al servicio de la vida y de la dignidad del hombre”.[9] La importancia de esta colaboración está dada ni más ni menos por la situación mundial, que plantea un futuro lleno de incertidumbres y emergencias: “el planeta tierra presenta algunos desafíos impostergables, puesto que sobre la salud de todos y cada uno, así como sobre la misma supervivencia de los pueblos, se ciernen amenazas de gran alcance. Por consiguiente, hacen falta proyectos adecuados que, implicando al voluntariado científico y con la cooperación responsable de los agentes culturales, económicos y políticos, contribuyan a elaborar proyectos destinados a la salvaguardia de la creación y en beneficio del auténtico desarrollo humano”.[10]
[1] Acerca de este texto Juan Pablo II afirmaba: “Debo decir que este párrafo de Gaudium et Spes es realmente importante para mí” (Alocución del Papa Juan Pablo II a los miembros de la Sociedad Europea de Física, 31 de marzo de 1979).
[2] Alocución del Papa Juan Pablo II a los miembros de la Sociedad Europea de Física, 31 de marzo de 1979.
[3] Ibidem.
[4] Juan Pablo II a los profesores y estudiantes universitarios en la Catedral de Colonia, 15/11/1980.
[5] Ibidem.
[6] Ibidem.
[7] Juan Pablo II a los profesores y estudiantes universitarios en la Catedral de Colonia, 15/11/1980.
[8] Juan Pablo II, “La fe y la ciencia deben superar los equívocos del pasado, buscando una comprensión recíproca”, Discurso del Santo Padre Juan Pablo II al Consejo de Presidencia de la Federación Mundial de Científicos, 27 de marzo de 1999, en L’Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española (9/4/1999), 11. El Papa mencionaba en dicho discurso que su recientemente publicada encíclica Fides et Ratio era su contribución personal en esta tarea de acercamiento.
[9] Ibidem.
[10] Ibidem.










