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ETICA AMBIENTAL Y TEOLOGÍA ECOLÓGICA

11 Agosto 2008 No hay Comentarios

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Espiritualidad, evolución y ecología.

Por Gerardo Daniel Ramos

En este escrito me propongo desarrollar de un modo más o menos orgánico y articulado algunas conexiones existentes entre espiritualidad, evolución y ecología. Si bien en una primera impresión parecerían constituir realidades notoriamente heterogéneas, pertenecientes a campos de estudios muy diferentes, en realidad pueden convergir en torno a varias observaciones de carácter ético-antropológico que quisiera poner en evidencia a continuación.

 

1. Algunas consideraciones antropológico-espirituales en clave evolutivas

 

Resulta a todos evidente que el hombre va teniendo un cada vez más pleno control sobre su entorno, e incluso, sobre tu propia naturaleza. Podría decirse, incluso, que el desarrollo biotecnológico le ha permitido desplegar un mayor abanico de posibilidades sobre el modo en que él mismo puede seguir evolucionando. Y es justamente esta diversificada capacidad de control y dominio sobre su propio destino lo que hoy más lo diferencia de otras especies vivas en el planeta tierra. Asimismo, es de notar que este desarrollo científico-tecnológico no es sino una expansión de lo que clásicamente denominó su propio liber arbitrium, el cual históricamente le ha permitido considerar diferentes opciones al momento de obrar, no actuando de un modo predeterminado.
Quisiera, no obstante, considerar un modo particular en que el ser humano puede desarrollar su liber arbitrium, y que es el que se orienta hacia la libertas. Esta última es una consecuencia de la decisión que el ser humano asume de utilizar el libre arbitrio para evolucionar en orden a una cada vez más radical autotrascendencia teocéntrica, con implicancias en todos los órdenes de su vida. No puede darse por descontado que el hombre siempre y en todos los casos quiera evolucionar en esta dirección, tanto en lo atinente a procesos personales como también a colectivos de especie. Sin embargo, a la mirada de los creyentes esta modalidad evolutiva es claramente superior a cualesquiera otras posibles, ya que tiende a expandir su núcleo óntico como imagen e hijo/a de Dios.

 

2. Orientar la evolución humana hacia modos de existencia simbólicamente progresivos

 

Se plantea, no obstante, el modo de traducir en terminología filosófica y científica esta decisión de evolucionar en clave de autotrascendencia teocéntrica. Pienso que podría expresarse en términos filosóficos como un llamado a trascenderse hacia un siempre algo más, con horizonte ilimitado (no infinito), en orden a una mirada máximamente simbólica del mundo. En términos científicos, constituye una orientación hacia modos más complejos de autoorganziación, adaptación e intercambio con el medio. En términos teológicos, una progresiva mirada simbólica de lo existente comporta connotaciones inconfundiblemente sacramentales.
A su vez, esta mirada sacramental del mundo, conduce al hombre a una cada vez más plena percepción y autoimplicación lúdica con el entorno, tanto en el plano interpersonal, referente al ambiente humano, como así también en lo concerniente a la naturaleza, considerada como ecosistema. En ambos casos, una mirada simbólico-sacramental permite a la persona humana hacer una apuesta cierta por un siempre algo más misteriosamente presente y aún no plenamente develado en las coordenadas espacio-temporales actuales. Es decir, un punto de fuga que no termina de ser explicado por ningún modelo matemático, y que no obstante, gracias a él, adquiere cierta capacidad explicatoria en campos concretos de realidad.

 

3. Las consecuencias ecológicas de una evolución humana simbólicamente progresiva

 

Constatamos, además, que este dinamismo lúdico simbólico con que el hombre puede posicionarse en el mundo es concomitante con el desarrollo de la vida místico-teologal, que por sus inherentes connotaciones humanas parecería tender a optimizar una interacción pacífica en referencia tanto al ambiente humano, con el cual promueve modalidades creativas y fecundas de encuentro interpersonal (entre grupos humanos y pueblos), como así también respecto del mismo ecosistema, con el cual permite interactuar de modo mínimamente perturbador, y favoreciendo un tendencial desarrollo máximamente sustentable.
El motivo radica en que la simbolización progresivo-sacramental tiende en su mismo dinamismo interno a expresar lo más con lo menos. Es decir, manifestar con tanta mayor densidad un significado humano-simbólico-espiritual con cuanta menos materialidad tangible y medible se la exprese, sin anular ésta última nunca de un modo completo. Podría decirse que en el plano de la simbolización progresiva se establece una relación inversa entre elocuencia contemplativa e intimidad interpersonal respecto a la densidad material con que tales expresiones solicitan ser dichas y expresadas; y que a la vez, ninguna de las dos variables, que se acercan asintóticamente a sus respectivos ejes de referencia, puede suprimirse totalmente en la presente fase de la historia. Para la mayoría de los cristianos, el modelo y ejemplo más acabado lo constituye la eucaristía.
Volviendo a la cuestión de la actual sensibilidad místico-simbólico, hoy es cada vez más perceptible el modo en que ésta interactúa con una sensibilidad ecológica e interpersonal. El cosmos, el cuerpo y los vínculos (J. Seibold) se convierten en mediación para una auténtica experiencia religiosa. Esto queda de manifiesto no sólo en las variadas expresiones de religiosidad popular católica, sino también en las grandes religiones de la humanidad, que se hacen eco de la misma. Y hasta podría afirmarse sin temor que, al respecto, el mismo fenómeno socio-religioso de la New Age es una de sus expresiones más representativas.

 

4. Un necesario examen de conciencia en el marco del cristianismo occidental

 

Pienso, sin embargo, que el cristianismo católico occidental tiene que recorrer todavía un largo trecho para asumir teologalmente, de un modo lúcido, crítico y propositivo, esta nueva sensibilidad holística, sin caer en la tentación de aceptar sus modalidades panteístas en las que fácilmente podrían derivar algunas de las precedentes afirmaciones. La actual sensibilidad pneumatológico-trinitaria, desarrollada teológicamente de un modo notorio en estas últimas décadas postconciliares, podrían contribuir a vehiculizar un camino pastoral-eclesial en esta línea de “mayor espiritualidad”, donde la acción del Espíritu Santo tuviera una cierta prioridad “pedagógica” respecto a la figura teándrica de Cristo. Esto contribuiría a caminar más decididamente hacia una más significativa “cristología cósmica”, o hacia una cristología-trinitaria como punto Omega de una evolución progresiva.
Por último, y en la lógica de lo dicho, el concepto teológico de mysterium iniquitatis podría expresarse en modalidades vinculadas al también hoy exponenciado consumo y deterioro ambiental. En la práctica, el mundo mirado como espacio de uso y conquista conduce concomitantemente a la percepción de los otros como posibles y amenazantes adversarios-enemigos. Por esto mismo, es fácilmente constatable que un comportamiento activamente expoliador o perturbador de la naturaleza tienda a estar indisolublemente asociado a relaciones de violencia y dominio entre personas, grupos humanos y pueblos. Podríamos visualizar en estas imágenes antiecológicas y belicosas una clara manifestación del poder del Maligno, o un anti-reino.

 

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